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domingo, 10 de enero de 2010

el mago del tiempo

Me desdoblo. Fiel a mi naturaleza géminis. Sé que es inevitable, soy dos. El alcohol y la exaltación de la amistad consiguen paliar el agujero en mi existencia que has dejado o has hecho patente. Padezco de obsesión. Muy típico en mí. ¿Cuando curará?. La paciencia es el germen de la felicidad.

Es terrible. Horrible. Ser consciente de algo superior a tus fuerzas, es como las creencias, es desgarrador y vulgar. Menospreciado por mi misma, sin más. Soy normal y bebo para olvidar. Qué las sábanas me consuelen y las mantas arropen mis huesos. Ya no sé contra qué luchar, contra mi misma, tal vez.

sábado, 9 de enero de 2010

la cadera de la ninfa



Si, va a ser verdad. La cosa está muy chunga. Y eso que desde que empezó la puñetera crisis estoy viviendo mis mejores años. La magia de asumir el cambio. Ya sufrí mi crisis global particular antes que ésta y por esa razón ni me asusto ni me meso los cabellos. Sé que cuando tocas fondo sólo te queda mirar hacia arriba y empezar a subir. El único pensamiento más desolador que tocar fondo es la posiblidad de permanecer allí, y que ese estado, que pensamos transitorio, se vuelva perenne. No creo que eso pueda ser, el cambio es una constante en este universo. En eso radica su encantamiento. Me harta el tema y prefería no tratarlo aquí. Pero es inevitable. Esta crisis planetaria me está afectando. Me aburro soberanamente en el trabajo. Infinito. Los clientes nos ignoran. Ni con rebajas se motivan.

Paso horas leyendo, divagando, soñando, rememorando como hacíamos el amor de cara al ventanal, como me besaste por primera vez deslizando la lengua por mis labios, sin atreverte a abrirlos, tus manos en mi espalda. ¡Oh dios, esto es una tortura! Es sábado y como siga así y me tome dos copas, me voy a arrepentir después. El tedio es lo peor para el mal de amores.

lunes, 14 de diciembre de 2009

angel de la muerte

Lo ha vuelto a hacer. Sentada detrás de la mesa que hace de mostrador he levantado la vista y ahí estaba él. Detrás de la puerta. Como una aparición de metro ochenta y cinco. Con su media melena revuelta y la barba de tres días. Bum. Bum. Paro cardíaco. Terremoto a lo largo de mis piernas. Desierto en mi garganta. Vacío en los pulmones.

Está para parar un tren, vaya una expresión caduca. Es totalmente mi tipo. Lleva descuidadamente una parca azul marino  y unas puma que en otro tiempo también fueron azules. Se mueve con soltura, su paso es seguro, preciso. Esas zancadas masculinas que hacen que te fijes en un hombre entre la muchedumbre del metro.

En la tienda hay cuatro mujeres y una niña, que al tiempo dejan de hablar al verle entrar. Sólo dura una ínfima fracción de segundo. Lo justo para que me de cuenta de que no es consciente del efecto que produce. Me levanto, le saludo con un gesto, sin hablar,  para luego dirigirme hacia las clientas. Mi jefa charla con él sobre la avería y en su tono noto con qué descaro intenta hacerse la zalamera.
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